martes, 24 de febrero de 2015

Hay un punto crítico en toda borrachera, un desdoblamiento de la realidad en el que todavía eres capaz de entrever la línea que separa lo material de ese mundo paralelo al que todos vamos cuando estamos ebrios. Algunos lo llaman estar chispa, otros se refieren a él cuando admiten que se les ha soltado la lengua. Aurora, sin embargo, lo considera el clímax, el momento más álgido de cualquier ciego. Muchos no la comprenden, alegan que lo mejor de ponerse hasta el culo es no tener una percepción real de lo que está sucediendo, la capacidad de amordazar a la conciencia y perder de vista al sentido común, pero ella siempre asegura categóricamente que todo eso son pamplinas, gilipolleces decadentes de bolsillo, excusas baratas de quien no sabe beber. Lo mejor del alcohol es llegar al punto en el que te da igual vivir pero al mismo tiempo quieres seguir adelante o la resaca no tendrá razón de ser. 

A ella le gusta jugar con el cerebro, mantenerse justo ahí, en la cuerda floja. Ni en un lado ni en el otro, siempre a caballo entre el cielo y el infierno. Es la mejor sensación del mundo, y nadie podrá convencerla nunca de lo contrario. Algunos piensan que simplemente pone excusas banales para justificar el incipiente alcoholismo del que se han hecho eco las revistas del corazón, otros que simplemente está pasando esa fase de toda joven al principio de los veinte en la que debe estar un poco loca para ser normal. Pero Aurora no hace caso de las malas lenguas, si tuviese que preocuparse por lo que gritan los buitres o ríen las hienas ya se habría cortado las venas. A ella nadie va a quitarle el gusto de llevarse su petaca de vodka a cualquier lugar y echarle un chorro a todo lo que sea compatible para tentar a la suerte, a ver si se pasa o consigue estar en lo más alto de todo, allí donde puede decir todas las chorradas que se le vengan a la mente sin miedo a terminar en comisaría. 

Cuando Aurora Coch está en ese punto, cuando encuentra el tesoro anhelado en sus chapuzones etílicos, entonces no hay nadie que la pare. Se viene arriba, arropada por la pérdida de la vergüenza y el sentimiento de satisfacción personal, protegida por el desparpajo que siempre la ha caracterizado aderezado con el punto canalla del Smirnoff. Se convierte en un verdadero tornado que lo destruye todo a su paso, y cualquiera que la conozca sabe perfectamente que es entonces, en ese momento que apenas dura una hora como mucho, cuando cualquier cosa puede suceder. 

Aurora adora ese momento porque es cuando se vuelve salvaje, abandonando las ataduras de una crianza burguesa de colegio privado y olvidando cualquier repercusión que puedan tener sus actos. Le crecen los colmillos y saca las garras, las pupilas se le dilatan y su mirada apunta cual flecha a todos los objetivos apetecibles que se cruzan en su camino, todas las cosas o las personas que pueden pasar por presas de las noches que ella se plantea como infinitas. Y quién sabe si terminará con una hoguera en medio de la ciudad o un ojo a la funerala, nadie puede advertir del peligro de sus asaltos a desconocidos o gritos en plena madrugada, lo único de lo que alguien puede estar seguro cuando conoce a Aurora Coch con la chispa que todo lo hace saber es que debe firmar un contrato no escrito para violar a cualquier tipo de calma y abrirle así la puerta a todas las tempestades. 

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